
No soy filósofa, no soy psicóloga, no soy socióloga. Necesitarlo para hablar de tal o cual tópico acerca de la existencia humana, sería caer en una falacia reversa de apelación a la autoridad, la cual consiste en que, si A dice que B es verdadero, por tanto, B es verdadero. Lejos de vanagloriarme de mis especulaciones, las comunico.
Ser humanos – en plural, en cuanto a existir como mamíferos homo sapiens -, no es tarea fácil, y dar sentido a nuestras vidas o encontrar un propósito para las mismas resulta una labor encomiable. Kandinsky renunció a su vacante como profesor de economía y leyes para ir en pos de su teoría personal del arte, y su contribución a la historia contemporánea del arte es un factor innegable. Kandinsky halló en el color un sentido, tal como otros pueden hallarlo en tener una familia, en cultivar orquídeas, o en componer músicas inefables dignas de recordar.
La humanidad existe, los animales también. Domésticos o libres del cautiverio urbano o rural, los miembros del reino animalia deberían tener una propia razón de estar en este planeta, más allá de otorgarnos algunos bienes y alimentos. La fascinación por los secretos felinos, o el agradecimiento a la lealtad canina, o el miedo a las fieras en las selvas, montañas y sabanas están y estarán presentes en la civilización, mientras se respeten los principios básicos de la ecología y la conservación.
La humanidad ha dibujado una línea imaginaria para separarse de los animales a partir de la conciencia, sea esta del grado que fuese, aunque sin estar exento de polémica: “El tema de la conciencia, per se, en animales ha permanecido controversial, inclusive como tabú, entre muchos científicos, mientras otros de diferentes trasfondos disciplinarios (Neurociencia, conducta animal, biología evolutiva), han desarrollado métodos novedosos de acercarse al problema”1 . Permanece como problema debido a que no sabemos cómo los animales nos perciben, más allá de las demostraciones de afecto que podríamos recibir de las mascotas, o de los mugidos de vacas y cánticos de los pájaros. Ellos deben saber que convivimos con ellos, el cómo lo perciben, es un tema inacabado.
Debido a este misterio, la humanidad ha mitificado a los animales, primero desde la religión – las deidades del Egipto Antiguo son las principales referencias de esto -, para después inmortalizarlos en el arte, ya sea pictórico o literario. En la literatura, existen cientos de obras hechas desde el antropomorfismo, o la atribución de características humanas a animales. Viaje al oeste narra la travesía de un monje budista para encontrar manuscritos, y en el camino se encuentra con Wukong, el Rey Mono, otrora ser ascendido, junto a otros seres celestiales que también son animales bípedos; Coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, parodia el género picaresco, trata de dos canes que custodian el portal del Hospital de la Resurrección, en el cual cuentan sus anécdotas entre ellos ; Yo, el gato, de Natsume Soseki, se considera una de las más importantes novelas de la literatura contemporánea de Japón, narrada desde la perspectiva de un felino arrogante y crítico agudo con los humanos que lo rodean. El antropomorfismo es un aliado natural de la creatividad literaria, dado el carácter mágico que le atribuimos a los animales, sean domésticos o no, lo que inspira el ejercicio de plantearnos el punto de vista de ellos junto a los humanos que interactúan.
Esta fascinación por el antropomorfismo lleva a pensar: ¿Cuántas personas desean ser tal o cual animal? ¿Podríamos reencarnar en un elegante gato o en un bondadoso perro? Porque, ante el vacío, ante esa espina que tenemos ante el mero acto de existir – aunque, en otras personas, este dolor no es de una espina, sino de una hemorragia emocional abierta -, tal vez la felicidad esté en ser un cuadrúpedo al cuidado propio, conviviendo con la pandilla en la ciudad, o al cuidado de una noble persona humana al alimentarte y acicalar tu pelaje. El ejercicio imaginario de vivir bajo la piel de otro animal no humano – porque, a fin de cuentas, los humanos siguen siendo animales bípedos, mamíferos y primates –, alimenta tanto la creatividad como una identidad alternativa, bajo el concepto de antropomorfismo.
Mientras el antropomorfismo está más vinculado a las artes, existe otra comunidad o tribu urbana que, basada en animales que recuerdan características humanas, realizan convenciones, dibujos, y costumbres propias: la comunidad furry. Sí, aquella de los trajes ostentosos, de convenciones famosas por motivos equivocados – busquen, en sus tiempos libres, acerca del infame encuentro RainFurrest 2015 –, aquella comunidad que causó un breve pánico moral después de la transmisión de un cuestionable episodio de CSI: Las Vegas. Sí, esos pinches furros. Alguien que estuviera fuera de esa comunidad podría preguntarse: “¿Cuál es la razón de usar un traje así: fetiche, diversión, infantilismo?”, o “¿Es que se creen perros o gatos de verdad? ¿No estarán locos?”, y, aparte de ser afirmaciones hechas desde la ignorancia, son incorrectas.
Existen más semejanzas que diferencias entre el furry y el antropomorfismo. Ambos representan un ejercicio creativo, como es mostrar animales con características humanas; ambos tienen tanto un universo artístico en literatura y dibujo (En especial, cómics) ; ambos asignan voz, conciencia y personalidad a personajes antropomórficos, junto a un propósito. Ahora, esto es distinto a una de las expresiones de la comunidad, como son las fursonas, o trajes a tamaño real que representan tal o cual animal, generalmente de corte “Personaje original”, es decir, cuya identidad o creación pertenece a quien creó o encargó dicho traje personalizado. En algunas ocasiones, los detentores de fursonas crean artes o ficciones basados en su personaje.
Ser portador de una fursona, no hace necesariamente a quien la posee “creerse” aquel animal, o que quiera ser reconocido como tal. Esto último, ha sido promovido como noticia falsa por parte de ciertos extremistas de derecha, quienes difundieron bulos tales como que, en ciertos baños de institutos de educación secundaria, existían cajas de arena para aquellos estudiantes que se identificaban como gatos. La fursona es para un acto artístico, de entretenimiento, o para sí mismos. Asistir a ferias, convenciones o pasear con esta por la ciudad, es parte de la vida de la persona y no necesariamente el centro de la misma, inclusive entre los mismos artesanos de fursonas, o artistas de arte furry.
Esta etérea existencia del furry no genera problema filosófico alguno. Uno que otro meme de crítica a los furries y sus subcomunidades circula por la Internet, mientras que las personas de la comunidad furry siguen con sus vidas, con sus rutinas, con sus amores. Ser furry es la expresión del siglo XXI del antropomorfismo, no su evolución.

1 Allen, C., & Trestman, M. (n.d.). Animal Consciousness. Stanford Encyclopedia of Philosophy. Obtenido en 25 de octubre,
2022, Desde https://plato.stanford.edu/cgi-bin/encyclopedia/archinfo.cgi?entry=consciousness-animal Traducción personal del inglés original

