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Cuento: Gyaron y sus tres lunas

27 de março de 2022

 

Remia: presente. Yaria: presente. Tres Remia más. Cuatro Yaria. Seis Atera. Nombres genéricos que eran de esperarse en una sala de la academia de las Fuerzas de Defensa Interplanetaria. Esperaba la primera amenaza, salvo uno que otro meteorito que salió de su curso habitual. Parecíamos muñecos salidos de la fábrica: cortes de cabello estrictos – preferí cortarme mi melena antes de presentarme en el cosmopuerto que pasar por el llantén de la peluquería militar –, miradas vacías, sueños comunes sin saber que solo el uno por ciento de los candidatos termina en la base. “¡Pilotaré la nave! ¡Defenderé a Gyaron! ¡Por mi honor, por mi familia!” Ilusos. Había que sudar y sufrir aquí.  

No era la mejor, nunca había sido la mejor. Jamás entendí esa obsesión con la perfección. Me conformaba con ser la octava para abajo. De hecho, mi posición era de número nueve, que ya es decir bastante. Solo hacía lo que me mandaban. No vine a ser una heroína de las ficciones, una protagonista. Cumplía con mis obligaciones, aún con la tortuosa clase de Historia de la religión. Disimulaba mi fastidio con ejercicios aritméticos en mi cuaderno, mientras la profesora repetía la historia que aprendí desde la infancia, que continué viendo de adolescente en representaciones teatrales o interactivas, y luego de joven adulta viví cada catorce de Gerim en adelante, cuando comenzaban los tortuosos días del Festival de la luna en primavera, con los rituales y costumbres comerciales y folklóricas del momento. Puf. 

Sí, la ciencia no lo es todo, no explica todo. Cuando ella pasó a ser una rama del conocimiento despegada de las creencias, comenzaron a vivir mejor los pueblos de las naciones y reinos. Como era de esperarse, la antítesis estuvo presente desde el exacto momento en el cual la ciencia dejó de ser un ejercicio de sacerdotes y pasó a ser uno de personas entusiastas por el cambio. En mi lengua nativa, “Ciencia” tiene su raíz en “Estudio de los cambios”, porque se creía que cada pensamiento derivado en las hipótesis tenía la capacidad de cambiar la realidad. Para ser exacta, la ciencia no cambió al planeta ni a su naturaleza, solo la describió, la analizó. En el fondo, aún se mantenía la creencia que todo lo que estaba “Ahí” en los campos o las estrellas de la noche tenían que poseer un trasfondo místico, que no podía haber tal cosa como la casualidad. Y debido a que la ciencia no se ocupó – ni puede hacerlo – de contestar todas las dudas de los seres racionales, allí permanecía el papel primordial de la religión.  

Yo no discriminaba a los que creían y querían creer en los mitos fundacionales y continuaban con sus altares personales y familiares. Podía ser incrédula, mas no irreverente. Mientras otros meditaban yo solo cerraba los ojos e imaginaba las situaciones de mis deseos más profundos. Cuando escuchaba una y otra vez sobre la leyenda de que un dios creó el planeta – algunos pueblos contaron que fueron más de uno de los seres superiores – y luego no conseguía que tuviese vida, cuando en las demás esferas exteriores sí tuvo éxito en iniciarla. Todas las leyendas coinciden en que los satélites que orbitan a Gyaron son hijos o hijas de este dios, en mi nación son tres hijas y por eso hay tantas muchachas con el nombre de estas lunas. Dado a que pertenecía a la región de mayor población, los nombres de leyenda del pueblo Higa quedaron como los denominadores estándar para el planeta y sus cuerpos rocosos circundantes: Remia, Yaria y Atera. Aunque es un tema de nunca acabar la protesta en torno a esta imposición, por un pacto de buena vecindad se aceptaba la lengua Higa como estándar para todo lo relacionado a términos de la ciencia y todas sus ramas, así como la lengua de comunicación en la base de la Fuerza de Defensa Interplanetaria, adscrita a la siempre tensa, en cuanto a roces diplomáticos, Federación de Pueblos Libres. 

“Cadetes, sí, sabemos que la ciencia dice que el planeta se formó hace muchas eras geológicas, que producto de una serie de eventos se creó la atmósfera, el campo magnético y, posteriormente, la vida. Todo eso es real y un hecho incuestionable. Sin embargo, recuerden que nuestra identidad se basa en las leyendas fundacionales, las cuales trajeron sentido a las preguntas de los seres: “¿Qué somos?”, “¿Qué son esas cuatro luminarias en nuestro cielo y por qué están allí?”, las cuales, por cierto, luego de los avances de la astronomía se descubrieron las características de cada una. Entonces, lejos de despreciar las leyendas fundacionales, lejos de pensar que son supersticiones de los primeros años de nuestros pueblos en Gyaron” 

Sí, cómo no. La ciencia llamó a eso “Reducción mística”. Consiste en asignar una explicación sobrenatural o mística a un fenómeno natural o mental, cuando para la época en que fueron formulados no existía el desarrollo de la ciencia. Ejemplo: la reproducción. Se pensaba que los machos solo “Depositaban” la semilla en la hembra y esta tenía su papel de hacer crecer a la criatura en su interior. Ahora, por los inventos más sofisticados se sabe que hay gametos de cada lado. Asimismo, nuestro planeta – y único habitable – del sistema se formó hace ochenta eras siderales por constantes cambios geológicos, no por la acción de un dios y sus hijas. Existían creyentes, sí: no niego que algunas disciplinas místicas ayudaban a las personas, pero no debían ser el motor de la civilización. 

Yaria no es la “Hija del sacrificio”, componente melancólico de la leyenda fundacional. Es un satélite, un cuerpo celeste con masa, eje gravitacional, que posee un ciclo de rotación y traslación alrededor de Gyaron. Y, por factores que no mencionaré aquí, los otros dos satélites se unieron a Yaria para formar el cuerpo de lunas. Mientras otros planetas tienen una, docenas, o incluso veinte, Gyaron tiene solo tres. No es novedad, pero para los antepasados era asustador ver tres luminarias tras cada puesta del sol. Más terrorífico era cuando acontecían los eclipses, en especial si era total, debido al raro fenómeno donde los tres satélites se alineaban para cubrir a a nuestro sol, con Remia, la “Hija de la promesa”, y Aretia, “La hija heroína”, por ser la que tiene su movimiento de translación más veloz, lo que para los pueblos ancestrales denotaba una capacidad “mágica” o heroica, tal como se contaba en la historia, donde ella, con la espada de su padre, arrasó con los demonios que amenazaban a la creciente creación.  

“Es que tú idolatras a la ciencia, Kiremi. Sé que es importante para ti, pero no todo es el cálculo y el pensamiento racional. Anda, sé un poco más abierta, más sociable… sí, qué bien que la ciencia trajo los avances para nuestras civilizaciones, sin embargo, no es lo único que nos debe definir”. No, no idolatro a la ciencia. Si tienes tres satélites en el firmamento, más un sol en cada hora del día, era de esperarse que cada pueblo de cada continente e isla de mi planeta tuviese una leyenda que explicase eso: demostraban un orgullo tribal o nacional por sus creencias. “No puede ser casualidad que las leyendas fundacionales se parezcan entre sí. Hay algo mágico en ello” 

Sí, como no. Aquella “Magia” que hablaba que las enfermedades mentales eran posesiones demoníacas. Aquella “Magia” que pretendía curar una asadura con ungüentos de hierbas, para empeorar la situación de la piel. Aquella “Magia” que decía que el enamoramiento era parte del destino de los dioses para cada puta pareja del universo. Yo entiendo la necesidad de algunas personas de mantener sus creencias por tradición familiar o motivos identitarios, pero no sucedía conmigo lo mismo. 

Yaria, por motivos de su masa, hacía que su translación sea la más lenta de todas, a comparación con sus “hermanas”. No es por motivos que esté “muerta”, como dicen las leyendas. Ella es la razón de las curiosas fluctuaciones de los océanos del sur. Remia influye en los mares polares. Atera, lejos de las polémicas sobre su influencia en el planeta, el consenso científico concordaba que influía en mantener el campo gravitacional. Punto. No hay leyendas. No la repetiré en mi mente. Por suerte, esa clase era sin notas, porque yo hubiese descargado toda mi rabia en una hoja de examen.  

Ser atea, no era prohibido como tal, solo incomprendido. Se esperaba “espiritualidad” y no devoción. El fervor era dejado para los sacerdotes, monjes y voluntarios de los templos o festivales. Los laicos de cada pueblo de Gyaron demostraban un orgullo tribal o nacional por sus creencias. Yo solo quería desaparecer algún día, y convertirme en polvo estelar. O que recibiera algún día un funeral militar de honor porque defendí al planeta en una batalla ante los invasores – que nunca llegarán – , con el ataúd vacío porque me desintegré en la explosión de mi nave de combate.  

Desde mi ventana veía a Gyaron y otra de sus lunas. Remia, no la luna, sino mi compañera de habitación, se estaba tocando, o estaba soñando con algo erótico, pues no se gemía así por gemir. Y yo había estado pensando en estupideces en vez de dormirme. Me odiaba, y odiaba a las lunas de mi planeta.  

 

Sobre mim

Agatha Benítez

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