Ensayos

De la Autoayuda y el desprecio

March 23, 2022

Hace un tiempo atrás, el cuento de dos ratoncitos a quienes se les acabó el queso, o aquella narración sobre el monje que vendió un automóvil deportivo, o esa novela corta que trataba enseñar que cada ser humano le espera una leyenda personal por descubrir, eran las historias populares en todos los estratos sociales, desde el noble obrero hasta el elegante gerente de la multinacional que descubrió en tales libros una fábula, tal vez excesivamente cándida, que le “abrió los ojos” o que eran lecciones valiosas para sus vidas. Esos libros de autoayuda aún deben reeditarse, discutirse en foros y otros círculos sociales: no han “pasado de moda”, solo cumplieron su ciclo de auge en el mercado editorial. 

En aquellos años de comienzos del siglo XXI, en los libros de Autoayuda, llamados así para asignarles un propósito de lectura – como si otros géneros literarios no tuviesen la misma función –, abundaban diversos tipos y subtipos del mismo. Algunos contenían sencillas frases motivacionales, fábulas inocentes para dejar una semilla cognitiva para alegrar el día, o lecciones innovadoras aplicadas a estrategias de mercadeo, ventas y hasta relaciones románticas de forma efectiva.  Al mismo tiempo, comenzaba mi carrera universitaria de Letras, y allí vi un vilipendio constante sobre esos autores, quienes no se consideraban parte del canon. 

El canon literario consiste en el conjunto de obras que se consideran dignas de ser universales, independientemente de su género, época o autor. Son aquellos libros obligatorios y optativos en el pensum de estudio de las asignaturas de castellano y literatura, así como en las universidades. No hay un “órgano” rector o compilador de dicho canon, solo existe un pacto verbal entre académicos, críticos y asiduos lectores en definir qué es “buena” literatura – por ende, digna de entrar en la eternidad de la palabra escrita -, el cual, como será explicado más adelante, es un concepto subjetivo, a veces hasta injusto. Autores que pasaron desapercibidos en sus respectivas épocas son elogiados en la actual, o autores que marcaron tal o cual década estarían apartados de las primicias de apreciación lectora, pese a logros importantes como un Premio Nobel de Literatura, por ejemplo. Por tanto, entrar en el canon literario es y será una lotería. 

El desprecio hacia los libros considerados de Autoayuda en las esferas académicas, al menos en mi época de estudiante en la primera década del siglo XXI, era curioso, o inclusive hasta innecesario. En una clase se leyó un ensayo titulado “Por qué es tan malo Paulo Coelho” de Héctor Abad Faciolince. Fue un éxito entre los alumnos oyentes: aplaudían y concordaban con todo lo descrito por el autor del ensayo despreciativo al escritor brasileño, que, lejos de ser de mi interés o preferencia, sigue siendo un autor conocido y valorizado, a pesar de tal mala fama que tiene dentro de los recintos universitarios. Faciolince comenta, al respecto de por qué ha tenido tanto éxito Coelho, que “Si fueran libros profundos, complejos literariamente, con ideas serias y bien elaboradas, el público no los compraría porque las masas tienden a ser incultas y a tener muy mal gusto”1 . El detalle está en preguntarse: ¿Cómo definimos el mal gusto? ¿Qué sería ser inculto, el cual puede variar de país en país, lengua a lengua, época tras época? Porque, si encontrásemos alguna cita en un libro empolvado que despotrique al Quijote, o que considere basura los versos de Gustavo Adolfo Bécquer, o que declare que el Ulises de James Joyce es una novela insoportable e innecesaria, algunos académicos saldrían en defensa de los autores del canon literario. ¿Por qué no entraría Paulo Coelho en este? Aunque se catalogue a sus libros como Autoayuda, siguen siendo novelas, compilación de textos cortos, historias que han agradado a miles de lectores en decenas de idiomas. Si han sido del agrado del público, es que algo les dejó, y digo “algo”, porque nadie lee los libros para sufrir en su tiempo libre, o camino al trabajo o a la universidad en el transporte público. De hecho: la lectura obligatoria de los clásicos en el envejecido currículum de las escuelas ha causado más desertores que entusiastas de la literatura, sean consumidores o creadores.  Mientras en los círculos académicos se vanaglorian de menospreciar a autores como Paulo Coelho, o cualquier otro que haya tenido uno de los cuantiosos libros de éxitos de ventas, el público en común hablaba de un tal “Secreto” o de un caballero medieval que tenía su armadura en mal estado. Ni una palabra de Jorge Luis Borges, o Goethe, entre las papas del mercado. 

La literatura, con todos sus géneros y sus tipos, no tiene que complacer a tal o cual público. Sí, algunas no serán objeto de estudio en monografías universitarias, o formarán parte de una colección sagrada pero olvidada en un estante de biblioteca: cada libro tuvo el porqué de haber sido escrito. Y los libros de Autoayuda tienen su función de orientar a quienes los leen, sea la situación que sea. No habrá que buscar el perfecto ejemplo de figuras retóricas en ellos, las cuales olvidé todas sus definiciones (Otro punto negativo para la enseñanza retrógrada de la lengua y la literatura en las escuelas). Esos ejemplares no están para buscar la ofrenda o la bendición del crítico literario. Ya con una lectura, o millones de ellas, será suficiente.  

No hay que dividir la literatura de “buena” o mala”, en el sentido de si tiene méritos de ser considerada digna de estudio o de recuerdos. Obviamente, cada libro debe cumplir con las reglas ortográficas y gramaticales de la lengua en que fue escrito: el buen uso de la lengua sí es cultura, no un montón de libros apadrinados por profesores y críticos que se leen entre ellos y realizan elogios, hasta en algunas ocasiones aduladores, de obras que, tal vez por su alta complejidad, enfocada en complacer el berrinche de los ermitaños de la torre de marfil, son considerados “Aburridos” o complejos de entender por quienes están fuera de esas esferas culturales. La Autoayuda gratifica a quien necesita de ese empuje en forma de palabra escrita, la poesía encanta a aquellos que ven en los versos un reflejo de sus almas, y los lectores de novelas y cuentos les agrada las historias allí contadas.  

Paulo Coelho no es malo, en el sentido de escribir libros sin sentido o vacíos. Solo recuerdo haber leído “El Alquimista” y, a pesar de no recordar mucho de su trama, tampoco vilipendio aquella prosa. Tampoco la analicé bajo la lupa rigorosa de los estudios literarios que aprendí en la universidad, solo leí el libro casualmente, como muchos hacen. Las épocas cambian, y con ello, el cristal con el que se mira o aprecia distintas obras. La Autoayuda sí es literatura, inadmitida en los círculos académicos, pero no por parte del público en general. Definir qué es literatura, es otro debate aparte.  

1 Faciolince, H. A. (2019, November 23). Por qué es tan malo Paulo Coelho. Prodavinci. Consultado en Marzo 22, 2022, desde https://prodavinci.com/por-que-es-tan-malo-paulo-coelho/ 

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Agatha Benítez

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